Un artículo escrito por Alberto de Haro, consultor de talento en Grupo P&A
Dedicándome profesionalmente al desarrollo de líderes, podría parecer una locura decir esto, que me estoy tirando piedras sobre mi propio tejado…pero voy a decirlo igual: quizá no nos falte formación en liderazgo, sino tiempo para parar y reflexionar.
Lo digo con conocimiento de causa. En mis años acompañando a líderes en procesos de coaching y formación, hay una pregunta que me gusta hacer siempre al final de las sesiones:
“¿Qué aprendizaje te llevas de la sesión de hoy?”
Y, en la gran mayoría de los casos, la respuesta es siempre la misma:
“Pues Alberto, lo que me llevo es el haber tomado consciencia de lo importante que es pararme a reflexionar.”
Vivimos en un mundo acelerado, donde vamos a diario a 1.000km/h, dejándonos arrastrar por esa velocidad y, si no estamos en un hacer constante, parece que no somos suficientemente eficaces. Diez reuniones al día, la bandeja de entrada del Outlook saturada de correos sin leer, mil fuegos que apagar y, sin embargo, al final del día, muchos líderes llegan agotados, con la sensación de no haber tenido un solo minuto para pararse a reflexionar y escucharse de verdad.
Ese ritmo nos empuja a vivir en piloto automático. Y cuando hablamos de liderazgo, eso es especialmente peligroso. Porque cuando no hay pausa, dejamos de conectar con nosotros mismos. Con lo que sentimos. Con lo que nos importa. Poco a poco se va perdiendo la claridad sobre quiénes somos y cómo queremos liderar. Y, casi sin darnos cuenta, también se apaga parte de nuestra AUTENTICIDAD.
Permíteme hacerte una pregunta incómoda:
¿Cuándo fue la última vez que te regalaste unos minutos para reflexionar sobre quién eres como líder y hacia dónde quieres ir?
Si la respuesta es “hace mucho”, quizá este artículo no venga a enseñarte nada nuevo, sino a recordarte algo esencial.
Si te apetece, te invito a que pares un momento y me acompañes.
Parar para conectar con el líder auténtico que todos llevamos dentro
Un líder auténtico no es perfecto. No tiene todas las respuestas. No controla todas las variables. Pero sí se conoce. Sabe cuáles son sus fortalezas y también sus límites. Se atreve a mirarse con honestidad y a liderar desde ahí, sin esconderse detrás de un personaje.
El liderazgo auténtico empieza hacia dentro. Antes de liderar a otros, el líder se lidera a sí mismo. Se escucha, se observa y se hace preguntas incómodas:
- “¿Quién soy hoy como líder?”
- “¿Desde dónde estoy tomando mis decisiones?”
- “¿Estoy siendo fiel a mis valores o simplemente sobreviviendo al ritmo del día a día?”
Cuando ese trabajo interno no se hace, es fácil caer en ese piloto automático que mencionaba anteriormente. En liderar desde el deber, desde el miedo o desde la exigencia externa. Y es ahí donde, casi sin darnos cuenta, empezamos a ponernos máscaras.
Por eso, el liderazgo auténtico no es un punto de llegada, sino un camino. Un proceso continuo de autoconocimiento, reflexión y valentía. Un liderazgo que no busca aparentar, sino generar confianza. Primero con uno mismo. Y después, con los demás.
Desde este lugar, liderar deja de ser una carga constante y empieza a convertirse en un espacio de mayor sentido, conexión y coherencia. Y es precisamente ahí donde empieza el verdadero impacto en los equipos y en las organizaciones.
¿Qué máscaras me pongo como líder?
Las máscaras no aparecen por casualidad, sino que son un mecanismo de defensa. No nos las ponemos por capricho, sino por un miedo profundo…miedo a no ser suficiente, a perder el control o la autoridad, a decepcionar, a no encajar con lo que “se espera” de un líder, a equivocarse y ser juzgado o a parecer débil y que se aprovechen de mí.
Muchas de esas máscaras nacen con una buena intención. La del líder fuerte. La del que siempre puede. La del que no muestra emociones. La del que tiene todas las respuestas. Durante un tiempo, incluso funcionan. Protegen, dan seguridad, ayudan a avanzar y, en algunos casos, permiten llegar lejos.
El problema llega cuando esa máscara deja de ser una herramienta puntual y se convierte en nuestra identidad permanente. Cuando el líder ya no sabe muy bien dónde acaba el personaje y empieza la persona. Cuando sostener esa imagen empieza a requerir cada vez más energía.
Ahí suelen aparecer algunas señales claras: cansancio emocional, rigidez, distancia con el equipo, dificultad para conectar de verdad con las personas o una sensación interna de vacío difícil de explicar. No es falta de talento. No es falta de compromiso. Es el desgaste de liderar desde un lugar que ya no representa quién eres.
Quitarse la máscara no es fácil. Requiere valentía. Y, sin embargo, ocurre algo curioso: cuando un líder se permite mostrarse más humano, más real, más coherente con lo que siente y piensa, lejos de perder el liderazgo, suele ganarlo.
Liderar sin máscara significa algo sencillo y a la vez exigente: atreverse a ser uno mismo. Reconocer fortalezas y también vulnerabilidades. Pedir ayuda cuando toca. No esconder el error. Mostrar coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Y eso tiene un impacto directo en los equipos. Cuando el líder baja la guardia, el equipo respira. Cuando el líder se muestra auténtico, se crea un espacio más seguro. Cuando el líder deja de aparentar, las personas se atreven a ser también ellas mismas.
Quizá el liderazgo auténtico no empieza haciendo grandes cambios, sino con un pequeño acto de valentía: preguntarte qué mascara llevas puesta hoy…y si todavía la necesitas.
Liderar también es atreverse a sentir
Durante muchos años, a muchos líderes se les ha transmitido que ciertas emociones no tienen cabida en el ejercicio del liderazgo. Que un líder debe ser fuerte, seguro, estable. Que no puede permitirse dudar, mostrar fragilidad o, mucho menos, estar triste.
Y, sin embargo, la realidad es otra. Los líderes sienten. Sienten miedo, frustración, cansancio…y también tristeza. Negar esa dimensión emocional no les hace más profesionales; les hace más desconectados.
Todas las emociones cumplen una función. Nos traen información valiosa sobre lo que vivimos y sobre nosotros mismos. La tristeza, en particular, suele aparecer cuando hemos perdido algo que era importante para nosotros: tiempo, ilusión, conexión, sentido, equilibrio. Escuchar esa emoción no es una señal de debilidad, sino de madurez.
Muchos líderes con los que trabajo expresan, a veces en voz baja, una sensación difícil de explicar. Han conseguido objetivos, han asumido responsabilidades, han avanzado profesionalmente…pero sienten que algo se ha ido quedando por el camino, se sienten incluso vacíos. Y esa sensación, si no se escucha, suele transformarse en apatía, rigidez o distancia emocional con el entorno.
Atreverse a sentir no implica quedarse atrapado en la emoción. Implica reconocerla, comprender el mensaje que trae y decidir qué hacer con él. Cuando un líder se permite este espacio de honestidad emocional, se abre una posibilidad de reconexión consigo mismo y con su propósito.
Además, el impacto no es solo interno. Un líder que se muestra vulnerable y se permite sentir y nombrar lo que ocurre, genera un entorno mucho más humano. Un entorno donde las personas no tienen que esconder lo que sienten para ser aceptadas. Donde la seguridad psicológica empieza a construirse desde el ejemplo.
Quizá uno de los mayores actos de valentía en el liderazgo actual no sea aparentar fortaleza constante, sino permitirse ser humano. Escuchar las propias emociones, incluso las incómodas, y liderar desde ahí. Porque solo cuando un líder se da permiso para sentir, puede dar permiso a otros para hacer lo mismo. Ya nos lo decía Brené Brown:
“La vulnerabilidad no es debilidad, es valentía”
Reconectar con el propósito: volver a lo que de verdad importa
Cuando un líder se permite parar, mirarse con honestidad y escuchar lo que siente, suele aparecer una pregunta inevitable:
“¿Cuál es mi propósito como líder?”
El propósito no es algo que se inventa de un día para otro ni una frase bonita para colgar en la pared. El propósito se recuerda. Esta ahí, aunque a veces quede enterrado bajo años de urgencias, responsabilidades y expectativas externas.
Muchos líderes empiezan su carrera con ilusión, con ganas de aportar, de crecer y de generar impacto positivo. Con el tiempo, sin embargo, el foco se va desplazando: objetivos, resultados, presión, ritmo. Y sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si la manera en la que lideramos está alineada con nuestro propósito.
Escuchar emociones como la tristeza o el cansancio suele ser una señal clara de desconexión con el propósito. No porque el propósito haya desaparecido, sino porque hemos dejado de prestarle atención. Volver a él implica preguntarnos qué es importante hoy, no hace diez años. Qué valores quiero vivir en mi día a día. Qué tipo de líder quiero ser para las personas con las que trabajo.
Reconectar con el propósito no significa cambiarlo todo de golpe. A veces implica pequeños ajustes: priorizar conversaciones que antes evitaba, tomar decisiones más alineadas con mis valores, atreverme a decir que no cuando algo no encaja. O simplemente recordar por qué elegí liderar personas y no solo gestionar tareas.
Cuando el liderazgo se apoya en un propósito claro y vivido, cambia la forma de estar en el rol. Aparece más sentido, más serenidad y una mayor coherencia entre lo que se exige y lo que se ofrece. El liderazgo deja de ser solo una función y se convierte en una expresión auténtica de quién soy.
Y desde ahí, el impacto se multiplica. Porque los equipos no siguen discursos; siguen a personas. Y un líder conectado con su propósito inspira no por lo que dice, sino por cómo actúa y cómo está presente.
Volver al equipo desde otro lugar
Cuando un líder se ha permitido parar, mirarse con honestidad, soltar algunas máscaras, escuchar lo que siente y reconectar con su propósito, no vuelve al equipo siento otro. Vuelve siendo más él. Y eso lo cambia todo.
Desde ese lugar, la manera de liderar se transforma. Aparecen conversaciones más sinceras, una escucha más profunda y una mayor coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. El equipo lo percibe rápidamente, aunque no siempre sepa ponerlo en palabras. Algo es distinto.
Un liderazgo auténtico genera seguridad psicológica. No porque el líder tenga todas las respuestas, sino porque se atreve a mostrarse humano. Porque reconoce errores, pide ayuda cuando lo necesita y valida las emociones de los demás sin juzgarlas. Porque lidera desde la confianza y no desde el miedo.
En estos contextos, las personas se sienten más libres para expresas ideas, dudas y preocupaciones. Se atreven a decir lo que piensan, a proponer, a aprender y también a equivocarse. Y cuando eso ocurre, los equipos crecen. No solo en resultados, sino en compromiso, responsabilidad y sentido de pertenencia.
Una cosa que quiero matizar es que liderar con autenticidad no significa renunciar a la exigencia ni a los objetivos. Al contrario. Significa crear las condiciones para que las personas puedan dar lo mejor de sí mismas de forma sostenible. Significa entender que el rendimiento a largo plazo nace de la confianza, no de la presión constante.
Quizá el verdadero impacto del liderazgo auténtico no se mida solo en indicadores o resultados inmediatos, sino en la calidad de las relaciones que se construyen y en el tipo de cultura que se deja como legado. Una cultura donde las personas pueden ser quieren son, crecer y contribuir desde su mejor versión.
Liderar con propósito, autenticidad y valentía no es un camino fácil ni rápido. Es un camino exigente, porque empieza por uno mismo. Pero también es un camino profundamente transformador. Para el líder, para el equipo y para la organización.
Tal vez el mayor acto de liderazgo hoy no sea correr más rápido, sino atreverse a parar, mirarse y volver al equipo desde un lugar más humano. Desde ahí, todo lo demás empieza a encajar.
Cierro este artículo haciéndote una última pregunta:
“¿Desde qué lugar quieres volver mañana a tu equipo: desde el personaje que sostienes…o desde la persona que realmente eres?”











