Por Raquel Hevia, directora de innovación y consultora de talento en Grupo P&A.
Os voy a confesar una cosa que no me hace quedar bien, pero admitirlo me llevó a una reflexión útil. Y quizás a ti también te sirva.
Aquí va, cruda y brutalmente honesta: no soporto asistir como participante a formaciones. Y para más gravedad: me dedico a impartirlas. Sí, lo sé.
No llegué a esta conclusión a la primera. Siempre me alegraba cuando podía ir a una formación, porque me encanta aprender. Pero desde que trabajo como formadora, mis experiencias “al otro lado del aula” han ido a peor: se me hacen largas, me aburro, me parece que hay material de relleno y, al final, siento que el curso no me ha servido de nada.
Y como no me gusta pensar así (ni creo que sea la única a la que le pasa) me pregunté por qué:
- ¿Mala calidad de la formación o de los formadores? En la mayoría de los casos no era eso.
- ¿Deformación profesional? Seguramente un poco, pero no lo explica todo.
Mi conclusión, después de acumular experiencias negativas, es esta: cuando participas en una formación necesitas que sea relevante, porque a cualquiera le da rabia estar sentado durante horas escuchando algo que ya sabes o intuyes, que no se parece en absoluto a tu realidad, y que encima te explican usando un ejemplo, una metáfora o un vídeo que ya utilizaban en las cuevas de Altamira. Queremos y necesitamos RELEVANCIA.
Lo que más repiten nuestros clientes cuando nos piden una propuesta es que su gente es “muy exigente”. No tengo pruebas ni tampoco dudas de que les pasa como a mí: tampoco soportan ESE tipo de formación.
Y aquí viene lo incómodo: los diseños formativos genéricos están obsoletos antes de darle al botón “guardar” en Power Point. La relevancia es personal. Depende del rol, del negocio, del momento y del tipo de reto que tenga ese equipo y esa organización.
En Grupo P&A detectamos hace tiempo que “lo de siempre” ya no vale. Así que hicimos algo totalmente revolucionario: escuchar a nuestros clientes, a los participantes, a los formadores…En encuestas anónimas, en entrevistas, en conversaciones cómodas e incómodas. Y de ahí salieron cambios muy concretos.
Concebimos el diseño y la impartición de una acción formativa como un oficio manual, como un maestro ebanista: no empezamos barnizando, sino entendiendo las características de la madera, eligiendo las herramientas adecuadas para moldear la pieza. Es decir, es imprescindible identificar qué es lo relevante para el colectivo y qué debe llevarse el participante al salir del aula.
Este proceso, de nuevo, exige lo más revolucionario del mundo: más escucha y atención a todos los detalles que suceden en el aula, en lugar de grandes efectos y charlas motivacionales encorsetadas que reemplazan la relevancia por mero entretenimiento: “Te lo cuento muy bien…pero cuento siempre lo mismo a todo el mundo porque es lo que sé contar”.
No hay dos empresas ni dos equipos iguales. Así que no todos necesitan la misma metáfora ni el mismo chiste, por mucho cariño que le tenga el formador.
Esta es la parte más importante y diferencial: lograr que el participante se apropie de esas herramientas y las use fuera del aula, en un contexto real. Ningún ebanista aprendió a hacer una silla escuchando teoría. Aprendió haciendo. Y por eso en el aula tiene que haber práctica real y, fuera, oportunidades para seguir practicando.
Yo solo creo en la formación en la que el formador no es el que más habla, sino el que más activa, hace reflexionar, moviliza y compromete a la acción. En la que los participantes salen con un plan para hacer algo diferente desde el día siguiente, y la que, al cabo de un tiempo, te confirma que “algo ha cambiado.”
Esa es la formación a la que yo quiero asistir. Y sospecho que tú también.











